PEREGRINAR A JERUSALÉN

OPINIÓN | Silbo apacible | por Guillem Correa, pastor en Barcelona y secretario general del CEC

La experiencia del peregrino es toda una experiencia.
Peregrinar a Jerusalén es mucho más que una experiencia de peregrino.
Pero la pregunta que hay que enfrentar es la siguiente: ¿Cómo encarar la peregrinación desde la fe protestante?
La pregunta es pertinente porque, sin más pretensión que la que permite un artículo de estas dimensiones, hay que formular esta esencial pregunta desde la mirada protestante de la teología.

El certificado de peregrino que te dan en Jerusalén está avalado por el texto del Antiguo Testamento donde se nos recuerda que esta es la obligación que reciben todos los practicantes de la fe judía.
Pero esta demanda bíblica no es un requerimiento para los que nos reconocemos seguidores de la fe cristiana.
Entonces, si este no es nuestro fundamento, ¿qué es lo que nos lleva a esta peregrinación?
Respuestas hay más de una pero el espacio nos obliga a mencionar sólo una, sin entrar en la valoración de si es la más importante o todo lo contrario.

La peregrinación protestante se fundamenta en la voluntad manifiesta de buscar un espacio que nos resulte conocido para adentrarnos en nuestra propia espiritualidad.
Jerusalén, y buena parte de la tierra de Israel, es territorio de Jesús.
Es este espacio conocido por el relato bíblico que nos invita a descubrir donde Jesús vivió su encarnación.

Pero hay mucho más. Es también el espacio donde encontramos buena parte de las historias relatadas en el Antiguo Testamento o en otros pasajes del Nuevo Testamento. Es, pues, un territorio conocido desde la distancia que nos invita a ser conocido desde la proximidad.
Es poder recordar la misma historia sabiendo que, al rememorarla, lo hacemos desde el lugar que fue testigo de los hechos: “Este relato es parte de la historia de este lugar que ahora pisan mis pies”.
Pero, como toda peregrinación, si sólo es un viaje de la mirada no llega más lejos de lo que puede llegar la propia mirada. La bondad de la peregrinación no es sólo lo que miran nuestros ojos, sino el que mira nuestro corazón -aunque adentrándonos en Dios-.

Quien vuelve con esta mirada ha peregrinado.
Quien sólo ha mirado con sus ojos ha hecho turismo religioso.

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