La Iglesia Perseguida

O P I N I Ó N  |  Silbo apacible  |  por Guillem Correa, pastor en Barcelona y secretario general del CEC  |

Cada vez que leo un artículo o veo un reportaje sobre la Iglesia Perseguida se me conmueve el corazón. Hace unos días, María-Paz López escribió en “La Vanguardia” (24/06/2013) un muy buen y documentado artículo en el que denunciaba que “cada cinco minutos cae asesinado un fiel a Jesús en países donde son minoría religiosa”.
Cuesta creer que a principios del siglo XXI haya lugares en el mundo donde la fe cristiana conlleve una situación de riesgo tan límite como es la muerte.

El artículo mencionado aporta un hiriente ranking de los quince países más represores con los cristianos.

Tradicionalmente, la tribu se ha identificado y se ha construido alrededor de tres ejes vertebradores: lengua, territorio y religión.

La modernidad ha abierto un nuevo camino donde las identidades se definen según el querer ser o querer formar parte de una determinada comunidad/nación.

Es por esta razón que la identidad ya no está ligada necesariamente a un límite territorial, sino a una identificación con un territorio; es por esta razón que en un mismo territorio podemos convivir no una, sino varias lenguas y es por la misma razón que una nación no se define en función de una religión, sino de la pluralidad religiosa de su gente.

Son estos nuevos signos de identidad: identificación territorial, diversidad de lenguas y pluralidad religiosa los que ponen en valor que cada pueblo quiere ser lo que es en función de su libertad de elegir, en función de lo que quiere ser.

Si desde la perspectiva cristiana Dios no se impone al ser humano, sino que le da libertad para aceptarlo o rechazarlo desde la perspectiva de la gestión del hecho religioso es inconcebible que el Estado quiera definir la creencia de una persona.

Y lo que es más inaceptable: que el Estado tenga la legitimidad, por sí mismo o mediante la cooperación de una determinada institución religiosa, para imponer su criterio y, en caso de no conseguirlo, de eliminar quien exprese ser partidario de otra creencia.

Este oscurantismo no ha sido ajeno a la historia de esta vieja Europa, pero ha sido, precisamente, la gente del viejo continente quien ha abierto la puerta a un proceso de madurez que nos ha llevado hasta la libertad de hoy -aunque sea formal-.

Ayudar a entender a estos países que su identidad no va ligada a una única expresión religiosa, sino a la libertad de vivir la fe que cada uno decida elegir es focalizar un camino de futuro y de esperanza para los países que integran el ranking de los más represores con el cristianismo.

Y mientras tanto, pensemos en el trabajo que aquí aún nos queda por hacer y pongámonos manos a la obra.

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