DECADENCIA

O P I N I Ó N  |  Silbo apacible  |  por Guillem Correa, pastor en Barcelona y secretario general del CEC  |

Seguro que usted encuentra su propio ejemplo de la decadencia que nos rodea. Permítame poner en común un ejemplo que yo he encontrado. El otro día, en una de estas tertulias televisivas de las más serias que podemos encontrar actualmente, uno de sus participantes defendía, sin ninguna vergüenza, la legitimidad del contrabando aduciendo las razones que creía más convenientes.
En realidad, lógicamente es mi interpretación, lo que pretendía este tertuliano no era tanto defender las bondades del contrabando como enaltecer a una determinada persona.
A muchos de nosotros nos enseñaron aquello de que “el fin no justifica los medios” como criterio permanente de aplicación.

Hoy en día el criterio social parece que ha cambiado o parece que algunas de las personas que se consideran a sí mismas como líderes sociales nos quieran convencer de que ha cambiado.

Cuando lo que es blanco es negro, según la conveniencia del autor, y cuando el hecho se repite socialmente, una y otra vez, tenemos un signo claro de decadencia social y moral.

Y eso es lo que nos está pasando en nuestro país.

No hay sentido de la verdad, sino que hay sentido de la conveniencia.

Y esta conveniencia es signo de decadencia.

La decadencia está encontrando muchos más partidarios de lo que puede parecer aparentemente. Hay predicadores de la decadencia como hay seguidores fieles de la nueva religión de muchos de nuestros conciudadanos.

La cuestión es muy clara: ¿Qué debemos hacer ante la decadencia?

Dos son las respuestas que me genera la pregunta:

Primero, denunciarla levantando la voz profética de la Iglesia para evitar que nuestro silencio se pueda confundir con complicidad.

Segundo, distanciarnos de los predicadores de esta nueva religión según la cual todo vale siempre y cuando el protagonista de la acción salga ganando.

Para nosotros sigue siendo verdad que si es blanco es blanco.

Y si alguien dice que es negro, aunque sea uno de los suyos, lo que se debe hacer no es cubrirle la espalda, sino ayudarle hasta que sepa discernir entre el blanco y el negro, entre lo que hay hacer y lo que no hay que hacer, entre la verdad y la mentira.

Y en este camino de saber distinguir entre el bien y el mal las seguidoras y los seguidores de Jesús podemos echar una mano.

No se trata de que desde nuestra fe nos creamos en el derecho de imponer nuestra opinión a los demás, sino que se trata de ayudar, a quien quiera ser ayudado, a salir de su desorientación.

Claro que si hay quien insiste en decir que no está desorientado y que los desorientados somos nosotros, nada podemos hacer.

En su propia desorientación encontrará su recompensa.

 

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