Vencidos por la fuerza de Su amor

R E F L E X I Ó N  |  Fidel Caralt, pastor en  Sant Joan Despí y miembro del Secretariado del CEC  |

El evangelio de Marcos comienza con una declaración rotunda: ¡Jesucristo es el Hijo de Dios! Esta afirmación sacó de quicio a más de uno en aquel tiempo. De hecho, un grupo de judíos estuvieron a punto de apedrear a Jesús, y le dijeron: Tú siendo hombre, te haces Dios. Para ellos aquello era una blasfemia.

Me llama la atención que los hombres tenemos la tendencia a ser más justos que Dios, pero eso sí, no cuando se trata de nosotros, sino de los demás.

Una vez, un grupo de hombres estaban a punto de apedrear a una mujer encontrada en adulterio. ¿Qué debemos hacer con ella? le preguntaron. La respuesta de Jesús fue: Quien esté libre de pecado, tire la primera piedra. Esto es misericordia.

En otra ocasión, los discípulos, indignados porque los samaritanos rechazaron al maestro, le dijeron: ¿Pedimos que caiga fuego sobre ellos? Y Jesús les reprendió y les dijo en pocas palabras: He venido a salvar personas, no a perderlas, ¡no entendéis nada!
Dios ha dicho: No toméis venganza; dejadme a mí hacer justicia, pero qué pronto nos levantamos en nombre de Dios para enmendarle la plana.

Las palabras de Jesús: Amad a vuestros enemigos, nos golpean porque van en contra de lo que nos pide nuestra naturaleza pecadora.

Pero el camino de Jesús, lo que él nos propone, es un camino de reconciliación, de paz, de amor y de justicia. Y me atrevería a decir también, de tolerancia. En una ocasión los discípulos le dijeron a Jesús: Mira, hemos encontrado a uno que sacando demonios en tu nombre y no es de los nuestros. Él les contestó: No se lo impidáis. El que no está contra nosotros, está a favor nuestro.

Los que seguimos a Jesús debemos vivir sus palabras. La fe no se puede imponer, ni  debe defenderse a base de palos. Tenemos que compartir y defender con la vida y con las palabras. Esto se llama la fuerza del amor.
El apóstol Pablo dijo: No te dejes vencer por el mal, al contrario, vence al mal con el bien.

¿Y cómo se puede hacer esto? Someteos a Dios, acercaos a él. Sólo tenemos que mirarle para darnos cuenta que Él nos ha vencido con la fuerza de Su amor.

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