La riada que vivimos hace 50 años

O P I N I Ó N  |  Silbo apacible  |  Guillem Correa, pastor en Barcelona y secretario general del CEC  |

El 25 de septiembre del año 1962 empezó a llover en las poblaciones del Vallès Occidental. Hecho habitual y fuera de toda sospecha. De repente, a las ocho de la tarde, la lluvia se convirtió en diluvio y el agua encontró en la compañía del viento la fuerza necesaria para destruir casas y caminos, fábricas y puentes y, desgraciadamente, cerca de mil personas perdieron la vida.
La radio franquista de la época transformó el drama en tragedia, magnificó aún más los hechos y comenzó una de las primeras maratones solidarias que recuerdo para recaudar todo tipo de ayuda y reclutar voluntarios para ayudar a los miles y miles de damnificados.
Yo, en compañía de mi amigo, pasé el final de la tarde escuchando la radio, muy asustado por la magnitud de lo que escuchábamos.
Llegada la oscuridad, el teléfono de mi casa sonó. Yo sabía que sonaría y estaba aterrado sólo con pensar que pasaría lo que acabó pasando. Efectivamente, el pastor estaba llamando a mi padre porque un grupo de la Comunidad iba a la zona del desastre para ayudar y le pidió que le acompañara.
Mi padre, naturalmente, dijo que sí.
Yo me había propuesto que mi padre no fuera a la expedición porque tenía miedo de que no volviera. Lo recuerdo como si fuera ahora. Eran alrededor de las once de la noche y nos encontrábamos todos en la entrada de la escalera de pisos donde vivíamos, con la puerta de la calle cerrada.
Tanto lloré y tanto me opuse que, finalmente, conseguí que el pastor le dijera a mi padre que no era necesario que le acompañara.
Me tranquilizó cuando vi que salían por la puerta.
Era demasiado pequeño para entender que la Iglesia debe estar al lado de los que sufren cuando están sufriendo.
Hoy me siento orgulloso de esa Iglesia Protestante de los años 60 que, pese a estar menospreciada y silenciada, vivió la tragedia desde una responsabilidad que le sobrepasaba.
Años más tarde, y recordando aquella noche, aprendí de la sensibilidad de aquel pastor que me enseñó que la verdadera solidaridad empieza por cuidar de los más pequeños de la casa.

 

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