La cultura de las armas

O P I N I Ó N  |  Silbo apacible  |  Guillem Correa, pastor en Barcelona y secretario general del CEC  |

Hace aproximadamente un año sufrimos la locura de un noruego asesino y hace unas pocas semanas hemos sufrido la locura de otro asesino en Aurora, Colorado-Estados Unidos-. Tenemos razones, más que razonables, para preguntarnos por qué pasan estas cosas. La respuesta más obvia es responder porque hay leyes que permiten fácilmente el acceso a las armas.
Es una respuesta acertada pero no es una respuesta suficiente.
Desde el punto de vista teológico, la respuesta es incontestable: porque la maldad es una realidad irrefutable. Pero también desde la teología complementamos la respuesta anterior, denunciando la falta de valores del Reino de Dios que nos rodea.
Somos conscientes desde siempre de que los valores del Reino de Dios no son los valores dominantes en la tierra, pero hay momentos de la historia en los que estos valores quedan más arrinconados que otros.
En estos momentos eso es lo que nos está pasando, sin lugar a dudas.
Siempre ha habido una cultura de las armas, que es una manera de argumentar la existencia de una cultura de la violencia. El trasfondo de la cuestión no es la existencia de esta cultura, sino el apoyo social que recibe esta forma de entender la vida.
La cultura de la paz no es sólo tratar de evitar la guerra, desde el punto de vista más formal. Es tratar de evitar la multiforme manera en la que se presenta la violencia.
Más allá de que hayan leyes que lo permitan o lo dificulten, lo que cabe esperar de una sociedad madura es que socialmente sea rechazado el solo hecho de que se nos pueda pasar por la cabeza que queremos comprar un arma.
Aquí es donde se juega la verdadera batalla de los valores: que socialmente sea inaceptable que alguien tenga un arma en su casa. Y, si me permiten -aunque lo que diré no me hará muy popular-, aunque sea para ir a cazar. Se acabó el tiempo en el que nos divertimos segando la vida a otro ser vivo.
El argumento cultural, ya no nos sirve como excusa. El argumento de que “forma parte de nuestra cultura”, no es razón ni suficiente ni contundente.
Y de esta cuestión los cristianos sabemos un poco ya que hemos tenido que aprender en nuestras propias carnes cuáles son las consecuencias de no saber diferenciar entre fe y cultura.
Cuando hemos confundido la expresión cultural con la expresión de la fe hemos dado un mal testimonio del amor y de la reconciliación que está en Jesús.
Pues lo mismo debe hacer nuestra sociedad: saber diferenciar entre lo cultural y lo que es el derecho a la vida, como valor superior.
No hacerlo seguirá llevando dolor.
Claro que nuestra vocación debe ser denunciar y trabajar para que finalmente nuestra sociedad lo acabe haciendo.
Ser unos “resistentes a favor de la vida” es uno de los valores del Reino de Dios para lo cual, estoy seguro, encontraremos muchas compañeras y compañeros en el camino.

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