Los norteamericanos se pasan, nosotros ni siquiera llegamos

O P I N I Ó N  |  Silbo apacible  |  Guillem Correa, pastor en Barcelona y secretario general del CEC  |

Los personajes públicos norteamericanos saben que su vida privada será examinada con lupa y que tendrán que dar razón de ella con todo tipo de detalle. Incluso en algunos de sus estados no sólo tendrán que explicar con quién se van a la cama, sino que se les podrá preguntar sobre qué hacen en su cama.
Sin lugar a dudas, se pasan.

Aquí las cosas van por otro camino.
Aquí hemos puesto una línea de separación total entre lo que hacen los personajes públicos, a menos que estén vinculados a la farándula, en su vida privada y lo que dicen en su vida pública.
Si alguno de estos personajes, con claras evidencias de corrupción, es democráticamente reelegido o es declarado no culpable por un tribunal o por algunos de los diferentes órganos del sistema judicial, aquí todo el mundo aplaude.
Si un alto magistrado de un órgano del sistema judicial trabaja de martes o miércoles hasta el jueves y el resto de la semana vive a costa del contribuyente en los hoteles más sobrevalorados mientras aporte todas las facturas que expliquen cómo se ha gastado el dinero, aquí sus compañeros de bancada le dan palmaditas en la espalda de felicitación.

La Iglesia no puede levantar su dedo acusador en contra de nadie, a menos que sea para señalarse a si misma por su falta de santidad.
Pero si bien es cierto que la Iglesia, al menos la nuestra, no puede ni quiere señalar a nadie con su dedo acusador por su falta de ejemplaridad, sí tenemos el mismo derecho que el resto de instituciones a preguntar.
Y por esta razón preguntamos: ¿Es éste el modelo de personajes públicos que necesita nuestro país?
En su respuesta encontraremos la solución.

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