Japón, angustia y dolor

O P I N I Ó N  |  Silbo Apacible  |  Guillem Correa

Japón está viviendo una situación que a todos nos llega al corazón. Ni la seguridad tecnológica ni la prosperidad económica han podido detener la fuerza de las aguas. Pudieron resistir el temblor de la tierra pero les ha devastado la crecida del mar. Un país que ya a finales del siglo XX vivía en el siglo XXI puede encontrarse de regreso al siglo XIX -y ahora con el añadido de la ‘desazón’ nuclear-.
Y este cambio histórico se produjo en un santiamén, de la noche a la mañana.
Es en estos momentos de crisis cuando se puede ponderar la fortaleza de un pueblo, la capacidad de encarar el dolor, la firmeza en el momento de la angustia.
Y, hasta ahora, nos están dando una lección de cómo debemos comportarnos cuando todo parece que se hunde a nuestro alrededor.
Han demostrado que la disciplina y la organización son mucho mejores que la anarquía y que es mucho más aconsejable que el “sálvese quien pueda”.
Una vez más el Japón y los japoneses y las japonesas nos han sorprendido.
Tal vez para quienes descubrieron cómo eran una vez terminada la Segunda Guerra Mundial lo que hoy estamos viviendo sea una historia conocida, pero para la mayoría de nosotros es una agradable novedad.
Hasta ahora su austeridad en el gesto y la contención de las emociones nos han parecido a muchos de nosotros un bien no deseado.
Hoy, su moderación y ponderación nos muestran un camino que nos lleva a la reflexión sobre nosotros mismos.
Hace unos días, y lamento no haber podido hacer un seguimiento más profundo de la noticia, un ministro japonés dimitió porque había aceptado un regalo de 400 € de una mujer de Corea del Sur.
Para la gran mayoría de nosotros éste no era un motivo suficiente como para dimitir ni, aún menos, para acabar con una carrera política llena de futuro.
Una vez más los japoneses tienen otra manera de medir la realidad.
Sin caer en admiraciones desmesuradas, debemos reconocer el sentido de la responsabilidad de nuestros amigos orientales.
Seguramente lo que más conozco de esa zona del planeta es lo que ahora conocemos como Corea del Sur por la importante y creciente presencia de la Iglesia Protestante en los últimos poco más de 100 años de historia de aquel país -el protestantismo se empezó a implantar de manera ininterrumpida desde el año 1882 (en Cataluña lo hizo en 1868). Y, según las estadísticas que me han facilitado, más del 16% de la población actualmente se considera protestante.
Su capacidad para levantarse dos horas antes de ir a trabajar para encaminarse a la Iglesia para orar por su país y para que el suyo sea un país cristiano -por citar una de las muchas iniciativas que han tomado- siempre me han llenado de admiración.
Los coreanos que tenemos en la Comunidad Local en la que me congrego me han enseñado el profundo respeto que tienen hacia los demás, la moderación en sus gestos, palabras y opiniones y muchas cosas más que sería demasiado largo de explicar.
Creo, sinceramente, que entre unos y otros debemos tomar conciencia de que cada día somos más vulnerables a los acontecimientos de la vida y que esta autocomplacencia en la que nos hemos instalado en la sociedad en la que vivimos no es el mejor camino para superar la actual crisis.
Seguramente mirar fuera de nosotros mismos, desde la humildad, puede ser un buen ejercicio para volvernos a pensar, unos y otros, de una mejor manera.

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